2. OBJETIVOS DE LA RSE
Tras la Segunda Guerra Mundial, las políticas keynesianas buscaban impedir, mediante este tipo de inventos, la no visualización en toda su diabólica dimensión del capitalismo para servir de freno a las fuerzas revolucionarias (el Estado del Bienestar en Europa o el Plan para las Americas de Kennedy son buena muestra). La RSE se enmarca dentro de estas medidas: mediante la gestión de recursos humanos se busca crear una identificación del trabajador/a con su centro de trabajo, no con su clase; a través de la especialización se crean las bases para la segmentación de la clase obrera, etc. Todo, tendente a crear cada vez más insolidaridad y menos conciencia entre los trabajadores y trabajadoras.
Pero que el sistema cree herramientas que le permitan seguir manteniendo sus privilegios no debería extrañarnos. Lo complicado es cuando el frente sindical lo acepta, asume como propio, en una lógica de no plantear nada distinto al margen del orden establecido. El papel de la RSE en la Negociación Colectiva es el reflejo más palpable de este hecho y así lo analizaremos en la segunda parte de este escrito.
La RSE también intenta presentarse como la solución caritativa y mariana para integrar en el mercado laboral a los colectivos de difícil integración, (colectivos marginales, minusvalidos, parados de larga duración, jóvenes, mujeres, o mayores de 45 años). ¡Como si su difícil integración no respondiera a las propias contradicciones del sistema capitalista!, ¿¡ resolver un problema del sistema con una receta del propio sistema?!. Es, a fin de cuentas, enmascarar con una promesa de pleno empleo a la clase obrera, pero esto es inviable en tanto en cuanto los medios de producción sigan en manos de unos cuantos chupópteros. Solo el Socialismo es capaz de resolver estas contradicciones, superándolas y dando al pueblo trabajador su verdadero lugar en la historia.
Los objetivos de la RSE se marcan, como cualquier proceso, en torno a su definición. Resulta cuanto menos curiosa la cantidad de definiciones que este modelo de empresa tiene en función de quien la use.
Con estos condicionantes comunitarios, internacionales y académicos hemos asistido en los últimos meses a la aparición de diversas definiciones del ser como condicionante de los objetivos de la RSE. Entre ellas una que resulta especialmente interesante, en la medida que viene a reflejar el “consenso”, en este caso político, de los distintos grupos parlamentarios, sería la aproximación que a la misma realiza la ya mencionada anteriormente Subcomisión del Congreso. En este caso el resultado es tremendamente confuso. Lejos de dar una definición clara y precisa, el informe asume una posición relativa, maleable, pero también algo oscura; una posición en la que partiendo del carácter cambiante de este concepto en los distintos sistemas, actores e ideologías, se opta por un concepto de RSE que no “moleste a nadie”.
Tampoco cabe olvidar la definición que de la misma da el Acuerdo Interconfederal de Negociación Colectiva para 2005 (en tanto en cuanto no se ha modificado en los acuerdos posteriores y es el sentido sindical sobre la misma en la NC) recogida en su capitulo VIII: “aquellos comportamientos de las organizaciones que de forma voluntaria, y adicional al cumplimiento de la legalidad, reflejan un compromiso por asumir determinados valores que existen en el ámbito social, económico o medioambiental”. Sobre esta definición asumida por los agentes sindicales dos elementos:
1.- Se acepta la no vinculación legal de la RSE de partida. Su acatamiento debe realizarse de manera voluntaria por las empresas, que como todos sabemos son muy proclives a introducir elementos, aunque sean ficticios como estos, que puedan alterar la adquisición de beneficios.
2.- Se renuncia, implícitamente, a ligar RSE con la legislación vigente en materia social y laboral. Es decir, al establecerla como “… adicional al cumplimiento de la legalidad” se regala al empresariado que ésta no sea sinónimo de salud laboral, prevención de riesgos laborales, eliminación de la subcontratación,… Sobre esta base girará la tercera parte de este documento, como se aplica la RSE en la Negociación Colectiva.
Pero antes de establecer como afrontan los representantes de los trabajadores esta materia, veamos la visión que de ella tiene el enemigo de clase: la Inversión Socialmente Responsable (ISR).
La ISR vendría a tener un exponente en las empresas de comercio justo. Dichas empresas basan su filosofía en excluir de su inversión aquellas empresas cuyos ingresos o beneficios, en parte o su totalidad, provengan de actividades que entren en contradicción con las convicciones del inversor. Y por el contrario apoyar las inversiones en empresas que contribuyan positivamente al desarrollo de las mismas. Sin entrar a minusvalorar la importante actividad solidaria y de desarrollo de determinadas comunidades que llevan a cabo estas iniciativas, debemos establecer que, obviamente no son la norma. La realidad es radicalmente distinta pero esta cortina de humo sirve para disfrazar al propio sistema.
Pongamos por ejemplo una industria maderera. Un concepto real y aplicable de ISR fijaría que antes de explotar un yacimiento maderero por ejemplo en zona selvática habría que analizar muchos factores. El entorno local sobre el que puede incidir de una comunidad indígena; el entorno ecológico de destrucción de determinado hábitat; los factores de desarrollo laboral y social de la comunidad sobre la que incide, etc.
La realidad de dicho ejemplo nos mide el grado de implantación que tiene dicha cuestión, las comunidades indígenas son perseguidas y exterminadas, el entorno ecológico destruido y las condiciones laborales y sociales suelen rasgar la semiesclavitud. ¿Para que le sirve la RSE y la ISR a dichas empresas entonces? Le sirve como propaganda para camuflar su verdadera actividad, se crean fondos de ayuda para el desarrollo a las mismas comunidades indígenas a las que destruyen, se gastan millones en campañas de defensa del medio ambiente y subvencionan estudios y programas para encontrar medidas que acerquen el beneficio empresarial con el social… todo muy bonito y, a ojos de opinión pública, una empresa modelo de esas a las que da gusto comprar sus productos. ¿Realidad o ficción? Pregunten a multinacionales como MONSANTO, que en este tipo de falacias son expertos.
El cómo se aplica esta “nueva concepción de la empresa” es la clave, la punta de bóveda a analizar para plantear alternativas revolucionarias y de clase a esta cuestión que, hoy por hoy, es la supuesta gran novedad que se nos plantea.

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